Los Pilares de la Tierra

Si alguien tiene la curiosidad de
echar la vista atrás y leer alguna de mis anteriores aburridas entradas
descubrirá que allá por marzo ya mencionaba que estaba con la lectura del
libro-mamotreto conocido como “Los
Pilares de la Tierra”
de Ken Follet, un best-seller leído
hasta la saciedad, especialmente por los usuarios del Metro de Madrid, de los
que algunos debieron sufrir tendiditis o algún transtorno similar por llevar
semejante peso de un lado para otro.

 Es una pena, pero es un libro que
desde el principio no me enganchó demasiado y lo dejé muy descolgado a favor de
otros de mis vicios que algunos consideran inmaduros o incluso peor. Por tanto,
aunque parezca mentira, no he terminado con el libro todavía, pero la ociosidad
de algunos de estos días me está llevando a retomar esta tarea, ayudándome un
poco el avance de la trama de un modo bastante folletinesco pero interesante.

 Elementos que me gustan de este
libro son el desarrollo paralelo de historias de un montón de personajes sin
que haya ninguna laguna notable, así como las explícitas descripciones de los
pasajes violentos y sexuales, que en algunos momentos me recuerdan en cierto
modo al retorcido libro “American Psycho”
de Bret Easton Ellis (que todavía me
tienen que devolver después de dos años… creo que me lo compraré de nuevo).
Características que no me convencen de esta obra son las innecesarias y largas
descripciones, e incluso inútiles anécdotas, que sólo contribuyen al
calificativo de este libro como “mamotreto”, así como el pensamiento tan
complejo que atribuye el autor a sus personajes en ciertos momentos, sabiendo
que se trata de gentes pertenecientes a la
Edad Media.

 Mi contradicción es que algunos
de esos pensamientos dan lugar a pasajes que me han gustado bastante, como el
que hoy voy a copiar aquí para mostrar cuan sensible y mariquita soy. Es solo
una pequeñísima pieza del puzzle que encarna este libro, pero es muy tierna y
conmovedora, así que me tomo la licencia.

 Esto es:

 Había varias muchachas de su edad que podían darle cuanto deseaba.
Entre los aprendices, se hablaba mucho de las muchachas de Kingsbridge, sobre
todo de aquellas que siempre estaban dispuestas a que los chicos les metieran
mano. La mayoría, sin embargo, pretendían permanecer vírgenes hasta que se
casaran, de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia. Pero había
algunas cosas que podían hacer sin dejar de ser vírgenes, o al menos, eso era
lo que explicaban los aprendices. Todas las jóvenes pensaban que Jack era un
poco raro, y él era de la opinión de que tal vez tuviesen razón. Pero una o dos
de ellas encontraban atractiva esa rareza. Un domingo, después de misa, Jack  había entablado conversación con Edith,
hermana de un compañero aprendiz. Pero cuando él empezó a hablar de lo mucho
que le gustaba cincelar la piedra, ella se echó a reír como una tonta. El
domingo siguiente había ido a pasear por el campo con Ann, la rubia hija del
sastre. Jack no había hablado demasiado, pero la besó y luego sugirió que se
tumbaran sobre la hierba. Allí volvió a besarla y acariciarle los senos, y
aunque ella lo besó a su vez con entusiasmo, al cabo de un rato se apartó de él
y le preguntó: “¿Quién es ella?” Jack, que en ese preciso instante había estado
pensando en Aliena, quedó anonadado. Intentó ignorar la pregunta y volver a
besarla, pero ella apartó la cara y agregó: “Quienquiera que sea es una chica
afortunada.” Volvieron juntos a Kingsbridge y, al despedirse, Ann le dijo: “No
pierdas el tiempo intentando olvidarla. No lo conseguirás. Ella es la que tú
quieres, así que más vale que lo intentes y lo logres.” Le había sonreído con
afecto al tiempo que añadía: “Tienes un rostro atractivo. Acaso no sea tan difícil
como crees.”

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Una respuesta a Los Pilares de la Tierra

  1. Auricalcita dijo:

    Mira que eres , con lo bueno que es el libro y tu con "mariconadas". Eh que conste que lo has dicho tú.  😛 Enhorabuena funcionario.

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